“Restaurar no es solo sembrar un árbol”

Una mirada territorial a la conservación, la restauración y la gobernanza ambiental de nuestros ecosistemas.

En Colombia hablamos cada vez más de restauración ecológica, conservación y recuperación de ecosistemas. Se anuncian miles de árboles sembrados, hectáreas intervenidas y jornadas de reforestación como indicadores de éxito. Sin embargo, desde los territorios surge una pregunta que pocas veces nos hacemos:

¿Qué sucede con esos árboles después de la fotografía, después de la jornada de siembra y después de que termina el contrato?

En Putumayo conocemos bien esta realidad. Durante años, diferentes entidades han desarrollado proyectos de reforestación y restauración que concentran buena parte de sus esfuerzos y recursos en la compra, transporte y establecimiento del material vegetal. Se siembra, se entrega un informe y, en muchos casos, el proyecto termina. Pero pocas veces se regresa al territorio para conocer qué ocurrió después, cuántos árboles sobrevivieron, cuáles especies se adaptaron, cuáles fueron afectadas por el clima, los animales, las condiciones del suelo o las actividades humanas, y si realmente se produjo una recuperación del ecosistema.

Esto nos lleva a una reflexión fundamental:

¿Podemos hablar de restauración ecológica cuando solamente sabemos cuántos árboles fueron sembrados, pero no sabemos cuántos sobrevivieron ni qué transformaciones produjo la intervención en el territorio?

Desde FAACODS consideramos que no. El verdadero resultado de una restauración no debería medirse únicamente por el número de árboles sembrados, sino por la capacidad de esos árboles y del ecosistema para sobrevivir, regenerarse, recuperar sus funciones ecológicas y mantenerse en el tiempo.

Restaurar es acompañar la vida, un árbol sembrado no significa necesariamente un bosque restaurado.

La restauración ecológica implica, ante todo, comprender las dinámicas históricas, ambientales y sociales del territorio. En la zona baja del Putumayo, por ejemplo, buena parte de los suelos ha experimentado diferentes procesos de transformación. Muchos fueron inicialmente deforestados y posteriormente destinados al establecimiento de cultivos de uso ilícito, además de haber sido afectados por procesos de fumigación. Otros han sido utilizados durante años para actividades ganaderas y, más recientemente, están siendo destinados al establecimiento de nuevos sistemas productivos, como cultivos de açaí, cacao, entre otros.

Frente a este punto, en el departamento del Putumayo también debemos abrir una discusión sobre los nuevos sistemas productivos que se presentan como alternativas de desarrollo sostenible. Cultivos como el açaí, el cacao y otros sistemas agro productivos pueden representar oportunidades económicas para las comunidades; sin embargo, no pueden considerarse sostenibles cuando su establecimiento implica la tala de bosque, la ampliación de la frontera agrícola o la intervención de áreas cercanas a las fuentes y cuencas hídricas. No podemos hablar de sostenibilidad mientras, para establecer un nuevo cultivo, se continúa tumbando bosque. Cambiar un cultivo por otro no significa necesariamente hacer una transición sostenible. La verdadera sostenibilidad debe preguntarse de dónde proviene el área destinada al nuevo cultivo, qué cobertura vegetal existía anteriormente, qué impactos genera sobre el suelo y el agua y si la actividad contribuye realmente a conservar el territorio.

En este sentido, la restauración y la producción sostenible no pueden avanzar por caminos separados. No tendría sentido restaurar una parte de la cuenca mientras, en otra, se continúa deforestando para ampliar nuevas áreas productivas. La protección de las fuentes hídricas exige una mirada integral de la cuenca, donde las decisiones productivas sean compatibles con la conservación de los bosques, los suelos, la biodiversidad y los servicios ecosistémicos.

Por ello, antes de promover o financiar nuevos sistemas productivos, es fundamental conocer la historia y las condiciones actuales del territorio y establecer criterios claros que permitan diferenciar entre reconvertir áreas ya intervenidas y continuar ampliando la frontera sobre bosques que todavía cumplen funciones ecológicas esenciales.

La sostenibilidad no puede medirse únicamente por lo que producimos, sino también por lo que decidimos conservar.

Esta historia de uso y transformación del territorio ha generado cambios importantes en las condiciones del suelo, el agua y la biodiversidad, que deben ser considerados antes de implementar cualquier proceso de restauración. Por ello, no basta con determinar qué especies sembrar; es necesario conocer el estado actual del suelo, la disponibilidad y calidad del agua, las especies nativas presentes, los procesos de regeneración natural y las dinámicas ecológicas y productivas que persisten en el territorio.

Sobre todo, es fundamental comprender las causas que han provocado la degradación. Solo a partir de este conocimiento será posible definir estrategias de restauración realmente pertinentes, que respondan a las condiciones particulares del territorio y que tengan posibilidades de mantenerse y generar resultados en el largo plazo.

Por eso, antes de sembrar es necesario preguntarnos:

¿Qué pasó con este territorio? ¿Por qué se degradó? ¿Qué especies existían anteriormente? ¿Cuáles especies tienen capacidad de adaptación a las condiciones actuales? ¿Qué relación tiene la comunidad con este lugar? ¿Qué conocimientos y experiencias existen en la comunidad? ¿Qué amenazas continúan presentes? ¿Qué debemos hacer para que la restauración pueda mantenerse en el tiempo? ¿Las acciones de restauración implican dañar lo que existe?

Estas preguntas son fundamentales porque los ecosistemas no son espacios aislados. Son sistemas vivos en los que interactúan el agua, el suelo, la vegetación, la fauna y las comunidades humanas.

Por eso, restaurar debe significar acompañar la vida y crear las condiciones para que el ecosistema pueda continuar recuperándose después de que finalice la intervención institucional. La Estrategia Nacional de Restauración 2023–2026, plantea precisamente una visión integral orientada a recuperar la estructura, composición y funciones de los ecosistemas y a garantizar la prestación de servicios ecosistémicos.

Desde esta perspectiva, la restauración no puede reducirse a introducir árboles en un área determinada, debe comenzar con el conocimiento del territorio y continuar con mantenimiento, monitoreo, seguimiento, evaluación y aprendizaje.

Las nuevas Áreas de Vida. Una oportunidad para cambiar la forma de restaurar.

La reglamentación de la Ley 2173 de 2021 mediante la Resolución 1491 de 2025 abre una oportunidad importante para avanzar hacia una concepción más integral de las denominadas Áreas de Vida.

Esta nueva perspectiva permite entender que la intervención no debería terminar con la siembra, sino incorporar acciones de mantenimiento, seguimiento y monitoreo orientadas a garantizar la supervivencia del material vegetal y la consolidación de procesos sostenibles.

Pero aquí aparece un desafío fundamental:

Que las Áreas de Vida no se conviertan simplemente en lugares donde se contabilizan árboles sembrados, sino en verdaderos espacios de conservación, restauración, participación y apropiación comunitaria.

Una hectárea restaurada no debería ser aquella donde simplemente se sembró determinado número de árboles.

Debería ser aquella donde, años después, podamos demostrar que existen árboles vivos, regeneración natural, recuperación de la cobertura vegetal, protección de las fuentes hídricas, recuperación del suelo, retorno de fauna y participación activa de las comunidades que habitan y cuidan el territorio.

Ese debería ser el verdadero indicador de éxito. El territorio también sabe cómo restaurarse. En territorios como Putumayo, la restauración no puede diseñarse exclusivamente desde un escritorio.

Aquí existen comunidades indígenas, campesinas y organizaciones locales que conocen los ciclos del agua, el comportamiento de las especies, los lugares donde nacen y se alimentan las fuentes hídricas, las plantas que históricamente han ocupado determinados espacios y las transformaciones que ha experimentado el territorio. Ese conocimiento no debe ser considerado un complemento de la información técnica. Es parte fundamental del conocimiento necesario para restaurar.

En los pueblos indígenas, además, la relación con el territorio está atravesada por la memoria, la espiritualidad, el Derecho Mayor, el Derecho Propio, la Ley de Origen y las formas propias de comprender la relación entre los seres humanos y la naturaleza.

El Decreto 1275 de 2024 constituye un avance importante en este sentido, al reconocer competencias ambientales de las autoridades indígenas y establecer mecanismos de coordinación con las autoridades ambientales, respetando sus sistemas de conocimiento, sus formas de gobierno y sus instrumentos propios de gestión territorial.

Por ello, una restauración verdaderamente territorial debe construirse mediante el diálogo entre el conocimiento científico, el conocimiento técnico, los saberes indígenas y campesinos y la experiencia cotidiana de quienes habitan el territorio.

«No se trata de escoger entre ciencia o conocimiento tradicional. Se trata de ponerlos a conversar.«

Restauración y gobernanza ambiental. Restaurar un ecosistema también es un ejercicio de gobernanza ambiental.

No podemos garantizar la recuperación y permanencia de un territorio si las decisiones sobre su conservación y restauración se toman exclusivamente desde las instituciones, sin reconocer a las comunidades que lo habitan, sus conocimientos, sus dinámicas organizativas y sus formas propias de relacionarse con la naturaleza.

La gobernanza ambiental implica pasar de una lógica en la que la comunidad es considerada únicamente beneficiaria de un proyecto, a una en la que es reconocida como actor fundamental en la toma de decisiones, la implementación, el seguimiento y la protección de los procesos de restauración.

En territorios como Putumayo, esto requiere construir acuerdos entre comunidades indígenas, comunidades campesinas, autoridades territoriales, autoridades ambientales, organizaciones sociales, instituciones, academia y demás actores que tienen responsabilidades sobre el territorio.

Por eso, una restauración verdaderamente territorial debería preguntarse no solamente:

¿Qué vamos a sembrar y dónde? También debería preguntarse: ¿Quién participa en la decisión? ¿Quién conoce el territorio?¿Quién cuidará el área después de la intervención?¿Quién hará el seguimiento? ¿Quién tomará decisiones cuando aparezcan nuevas amenazas? ¿Quién garantizará que los acuerdos se mantengan en el tiempo?

Estas preguntas son esenciales porque la restauración no ocurre en territorios vacíos. Ocurre en territorios habitados, productivos, culturales y espirituales, donde existen relaciones históricas entre las comunidades, el agua, el bosque, la fauna, el suelo y los demás elementos de la naturaleza.

Por eso, la gobernanza ambiental no debe ser un componente adicional de los proyectos de restauración. Debe ser una condición para que la restauración pueda permanecer. Cuando una comunidad participa en la definición de las acciones, comprende su importancia, reconoce los cambios del ecosistema y cuenta con herramientas para monitorearlo, la restauración deja de ser una intervención externa y comienza a convertirse en un proceso propio del territorio.

En este sentido, restaurar también es fortalecer la capacidad de las comunidades para gobernar, cuidar y defender sus territorios.

El problema que casi nadie quiere financiar: “La sostenibilidad”

Existe otro desafío que debemos reconocer con honestidad, la sostenibilidad suele ser una de las partes más costosas y, paradójicamente, una de las menos financiadas.  Los proyectos suelen disponer de recursos para comprar plántulas, transportar material vegetal, realizar jornadas de siembra y desarrollar actividades iniciales. Pero cuando termina el proyecto, muchas veces termina también el acompañamiento. Entonces surgen preguntas que deberían estar previstas desde el comienzo:

¿Quién reemplaza los árboles muertos? ¿Quién controla las especies invasoras? ¿Quién protege el área frente a daños que ocasionan por ejemplo en áreas donde hay ganadería? ¿Quién monitorea el crecimiento? ¿Quién registra la regeneración natural? ¿Quién verifica si aumentó la cobertura vegetal?¿Quién evalúa si mejoró la protección de una fuente hídrica? ¿Quién acompaña a la comunidad durante los siguientes tres, cinco o diez años?

Estas preguntas deberían formar parte de cualquier proyecto de restauración desde su formulación inicial. Porque restaurar cuesta, pero sostener la restauración cuesta todavía más.

Y si la sostenibilidad no se planifica ni se financia, existe el riesgo de invertir importantes recursos públicos y privados en procesos que no logran consolidarse. La sostenibilidad no puede depender exclusivamente de la buena voluntad de las comunidades.

Debe existir una corresponsabilidad compartida entre quienes financian, quienes ejecutan, quienes regulan y quienes habitan el territorio.

Necesitamos cambiar los indicadores.

Desde FAACODS consideramos necesario avanzar de indicadores centrados exclusivamente en el “número de árboles sembrados” hacia indicadores que permitan conocer los resultados reales de la restauración.

No basta con preguntar, ¿Cuántos árboles sembramos? . Debemos preguntar: ¿Cuántos sobrevivieron? ¿Cuánto crecieron? ¿Qué especies se adaptaron mejor? ¿Se regeneró naturalmente el bosque? ¿Se recuperó la cobertura vegetal? ¿Se redujo la erosión? ¿Mejoraron las condiciones de la fuente hídrica? ¿Regresaron especies de fauna? ¿La comunidad continúa protegiendo el área? ¿Qué aprendizajes dejó el proceso?

Y, sobre todo: ¿Qué pasará con esta restauración cuando termine el proyecto?

La respuesta a esta última pregunta debería ser fundamental en cualquier iniciativa que pretenda llamarse restauración ecológica, porque si no sabemos qué sucede después de la siembra, realmente no conocemos el resultado de nuestra intervención.

Del proyecto de seis meses al proceso de largo plazo.

Restaurar un territorio requiere tiempo.

Los ecosistemas no funcionan bajo los mismos tiempos de los contratos institucionales. Un proyecto puede durar seis meses o un año, pero un bosque necesita años y, en muchos casos, décadas para consolidarse. Por eso, necesitamos pasar de la lógica de “proyectos de restauración” a la construcción de procesos territoriales de conservación y restauración de largo plazo.

Esto implica establecer acuerdos comunitarios, mecanismos de vigilancia y monitoreo, indicadores de supervivencia, mantenimiento periódico, formación de jóvenes y líderes comunitarios, fortalecimiento de viveros comunitarios, recuperación de semillas nativas, protección de fuentes hídricas y mecanismos de financiación que permitan acompañar los procesos más allá de la duración de un contrato. También implica fortalecer capacidades locales para que las comunidades puedan participar activamente en el seguimiento y tomar decisiones frente a los cambios que ocurran en el ecosistema.

Porque una verdadera restauración no termina cuando se entrega el informe final, continúa mientras el territorio siga recuperándose. El departamento del Putumayo necesita restauraciones con memoria, comunidad y futuro, no necesita únicamente más jornadas de siembra.

Necesita procesos de restauración que comprendan el territorio. Necesita que las comunidades indígenas y campesinas sean reconocidas como protagonistas y guardianas de los procesos de conservación. Necesita instituciones que permanezcan después de la fotografía. Necesita recursos para el seguimiento. Necesita indicadores que midan resultados y no solamente actividades. Necesita recuperar especies nativas y conocimientos locales. Necesita proteger sus fuentes hídricas antes de que su deterioro sea irreversible.

Y necesita que las nuevas figuras de conservación y restauración, como las Áreas de Vida, se conviertan en una verdadera realidad territorial y no únicamente en una meta administrativa o en acciones ejecutadas mediante intermediarios externos que concentran los recursos y limitan su llegada efectiva a las comunidades y a los territorios donde se requiere la intervención.

La conservación debe traducirse en presencia, inversión, participación y resultados verificables en el territorio, fortaleciendo las capacidades de las organizaciones y comunidades locales y garantizando que los recursos destinados a la restauración lleguen efectivamente a quienes habitan, conocen y cuidan estos ecosistemas.

Desde FAACODS creemos que restaurar es cuidar, y cuidar significa permanecer. Una verdadera restauración comienza mucho antes de sembrar el primer árbol y continúa mucho después de que termina la jornada.

Porque el éxito no está en plantar miles de árboles. El éxito está en lograr que, con el paso de los años, el territorio vuelva a tener vida y mantener la persistencia cuando muera un árbol o deja de crecer volver a plantar y  que las comunidades puedan seguir cuidándola.

Nuestra apuesta desde la Fundación Andino Amazónica para la Conservación, el Desarrollo Social y Sostenible del Territorio – FAACODS, promovemos una visión de restauración ecológica basada en cinco principios:

1. Conocer antes de intervenir, es comprender las condiciones ecológicas, sociales, culturales y productivas del territorio antes de definir las acciones de restauración.

2.Restaurar con la comunidad, es reconocer los conocimientos indígenas, campesinos y técnicos como parte de una construcción colectiva y fortalecer la participación comunitaria en las decisiones.

3.Sembrar especies adecuadas, no solamente árboles, es priorizar especies nativas y estrategias acordes con las condiciones ecológicas, sociales y culturales de cada territorio.

4.Monitorear para aprender es medir supervivencia, crecimiento, regeneración natural, recuperación ecológica y beneficios para las comunidades, utilizando la información para ajustar las acciones cuando sea necesario.

5. Buscamos que nuevos aliados se unan para financiar la sostenibilidad es garantizar recursos, capacidades y responsabilidades para el mantenimiento, seguimiento, monitoreo y protección de las áreas restauradas después de la siembra.

Restaurar es recuperar relaciones, Restaurar no es llenar un territorio de árboles.

Restaurar es recuperar relaciones, entre el agua y el bosque, entre la comunidad y el territorio, entre los conocimientos ancestrales y la ciencia, y entre las decisiones de hoy y las generaciones que todavía no han nacido.

Ese es el desafío que tenemos frente a nosotros. Y ese es también el compromiso que, desde FAACODS, queremos seguir construyendo en Putumayo y en la Amazonía colombiana, ayúdanos a sostener nuestros procesos!

Porque restaurar no es solamente sembrar vida. Restaurar es construir las condiciones sociales, culturales, ecológicas e institucionales para que esa vida pueda permanecer.